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lunes, 27 de agosto de 2012

No me cambiaría por vosotros por todo el oro del mundo


Hoy te traigo un par de fragmentos de Barnaby Rudge, una densa novela escrita por Charles Dickens que puede leerse como novela histórica o de crimen y misterio. Ya sabes que suelo guardar fragmentos que me gustan de lo que voy leyendo, y este es el caso.

En este libro Dickens ahonda en uno de los temas que más le angustiaría durante toda su vida: la violencia de las multitudes. De esta forma, el autor inglés hila una trama basada en una revolución incitada por el odio (contra los católicos ingleses).



Es verdad que en algunos tramos se hace muy pesada, pero hay momentos impresionantes, como cuando la turba se dedica a perseguir a los católicos londinenses y observamos con asombro la furia de la muchedumbre, que no parece darse cuenta de lo que está haciendo.

Si te apetece la puedes descargar y me cuentas:



¡Aquí los fragmentos!


- Mirad hacia allá lejos – dijo en voz baja – y ved cómo se hablan al oído unos a otros, y cómo bailan después y saltan para hacer creer que se divierten. ¿Veis cómo se paran un momento cuando presumen que nadie los mira, y charlan otra vez entre ellos, cómo se arrastran y juegan después alegrándose con las maldades que acaban de maquinar? Mirad cómo se agitan y se hunden… Ya vuelven a pararse y a hablarse al oído con precaución. ¡Qué poco se figuran que más de una vez me he recostado en la hierba para mirarlos! Decidme, ¿qué proyecto maquinan? ¿Lo sabéis?
- No veo más que ropa tendida al sol – dijo el señor Chester-. Está colgada en cuerdas y se agita con el viento.
- ¡Ropa! – repitió Barnaby mirándole casi en el blanco de los ojos y retrocediendo -. ¡Ja, ja, ja! En tal caso, vale más ser loco como yo que tener la sana razón como vos. ¿No veis allí seres fantásticos parecidos a los que habitan el sueño? ¿No los veis? ¡Ni ojos en los cristales de estas ventanas, ni espectros rápidos cuando el viento sopla con violencia, ni oís voces en el aire, y no veis hombres que andan por el cielo! ¡Nada de esto existe para vos! Yo llevo una vida más divertida que vos con toda vuestra razón; sois unos estúpidos. Los hombres de talento somos nosotros. ¡Ja, ja, ja! No me cambiaría por vosotros por todo el oro del mundo.
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Los pensamientos de las personas del gran mundo están regidos de una manera invariable por una ley moral de gravitación que, como la ley física, los arrastra hacia la tierra en virtud de la atracción. El glorioso resplandor del día y las silenciosas maravillas de una noche tachonada de estrellas no producen efecto alguno en sus almas, no saben leer los signos que hay en el sol, en la luna y en las estrellas, y se asemejan a algunos sabios que conocen a cada planeta por su nombre latino, pero que han olvidado completamente algunas pequeñas constelaciones celestes como la caridad, la tolerancia, el amor universal y la misericordia, aunque brillan de noche y de día con claridad tan espléndida que pueden verlas los ciegos, y que al mirar el cielo sembrado de astros, no ven en ellos más que el reflejos de su gran saber y de su instrucción sacada de los libros.
Es curioso observar a esos hombres del gran mundo cuando se distraen por un momento de sus grandes negocios para volver la mirada por casualidad hacia las innumerables esferas que centellean en la bóveda celeste. ¿Qué creéis que ven? Nada más que la imagen que llevan en su corazón. El hombre que sólo vive en la atmósfera de los príncipes, no ve en el cielo más que estrellas para condecorar el pecho de los cortesanos; el envidioso sólo distingue allí con odio celoso los honores brillantes de sus rivales y para el avaro y para la inmensa mayoría de los ambiciosos, todo el firmamento brilla con libras esterlinas, recién salidas de la casa de moneda, con el busto del soberano; por más que miren por todos lados, no ven otra cosa entre ellos y el cielo. De esta suerte las sombras de nuestros deseos vienen a colocarse entre nosotros y nuestros ángeles custodios que eclipsan a nuestros ojos. 


¿Alguien presto a iniciar un debate...?


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