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viernes, 30 de noviembre de 2012

Salado


Rojo. El mar negruzco y encrespado. Fuego. La densa niebla gris y mortecina reseca el ambiente. Sangre. Olor a pólvora mojada. Muerte. Retumban los tambores, se oyen gritos enfurecidos. Un hombre corre de proa a popa recitando órdenes. El barco se zarandea tras un impacto de cañón. La madera se quiebra bajo su peso. La Caída, el agua, el mar. Salado.


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Todo marcha mejor de lo previsto. La maltrecha nao está casi rendida y sus hombres pierden el ánimo, algo que sorprende al capitán, pues conoce bien a su enemigo. Sin embargo, no le da mayor importancia. Además, el barco no parece sufrir daños irreparables y el botín se antoja excelente. Oro y ron. Y el hombre que lo originó todo. El Almirante estará satisfecho. Pykes se acerca.

- Señor, no está en el barco.
- ¿Cómo que no está en el barco?
- Que no está, señor.
- ¿Me está tomando el pelo, Pykes?
- No, señor. Le juro que hemos registrado cada rincón de ese barco del demonio.
- Vuelva a ese barco y encuéntrele Pykes, ¿me ha oído?

Imposible. No podía haber escapado. Y si había muerto... pero tampoco habían encontrado su cadáver. Aunque en el fondo del mar cualquiera encuentra sus llaves. Rió. Ese hombre era su llave y sin ella... estaba perdido.

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Fue Enrique el primero que lo vio. Todos sabían que este día llegaría, sobre todo Enrique. Siempre estaba oteando el horizonte con su catalejo como si esperara sorprender a la muerte cerniéndose sobre ellos. Pero para Samuel Buenaventura la muerte podía esperar. Lo llevaba en el apellido. Y si le llamaba antes de tiempo se llevaría con él a unos cuantos ingleses. Pero antes... antes tenía que poner a salvo a su señor. Por suerte tenían un plan.

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- Este está al mando, señor.
- Gracias, Pykes. ¿Cuál es tu nombre?
- Sam Wellfortune, sir.
- Hablas muy bien el inglés para ser un traidor.
- Soy inglés, sir. Pero quizás el almirante sepa explicarle cómo un inglés se ha hecho con el mando de La Furia.
- ¿Qué insinúa?
- Insinúo que soy un espía de la Reina, idiota. Insinúo que este barco es ahora mío. E insinúo que he matado a El Jabato antes que tú. Y creo que no le va a hacer ninguna gracia a tu Almirante.





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