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miércoles, 12 de junio de 2013

El poeta y los lunáticos - G.K.Chesterton


Si eres de los listos y afortunados locos que siguen el blog no será para ti ningún secreto que Gilbert Keith Chesterton es uno de mis escritores predilectos. Ya hablé aquí de Ortodoxia, uno de mis libros favoritos, y también de vez en cuando te he traído algún texto suyo. Sin embargo, el libro de hoy era desconocido hasta para mí, y eso que he curioseado más de una vez la bibliografía del hombre-montaña inglés.

Por eso, al igual que el pobre infeliz se encuentra un billete de cincuenta cinco euros en el bolsillo y da gracias a lo insondable, yo también me he tropezado de manera totalmente inesperada con El poeta y los lunáticos y no puedo más que agradecerle al cielo tan delicioso descubrimiento.


Gale se conducía siempre bajo el influjo de la sugestión. Cualquier persona medianamente lógica, por ejemplo, sabe, porque lo percibe, que en un simple seto de un jardín o en una revuelta de un camino hay algo tentador, de una belleza digna de admiración. Pero sigue adelante, tras admirar vagamente aquello. Gale, empero, se detenía ahí; aceptaba la invitación, la sugerencia, no se daba a las vagas admiraciones. La forma de una colina, los ángulos de una casa, suponían un gran reto para Gale, algo a descubrir. Y a descubrirlo se entregaba intensamente, hasta creer que había descubierto al menos parte del secreto que allí se escondía; feliz, entonces, porque ya podía dar algún nombre a su fantasía.

Cuando digo que me lo encontré de forma casual quizás se te haya cruzado por la mente una fantástica historia en la que sigo la pista a un peligroso asesino para al final descubrir el libro en una oscura biblioteca de algún viejo caserón no menos oscuro. Lamento desilusionarte pero no fue así. Simplemente estaba por mi casa y nunca lo había visto, lo cual me daría para escribir mil y un ensayos si yo fuera escritor o tuviera algún tipo de retraso. Encontrarse inesperadamente un buen libro es todo un placer, y es curioso cómo lo cotidiano, lo que vemos y hacemos todos los días puede ser -y debe ser- motivo de asombro. Sentir verdadero asombro por la vida con la mirada de un niño. Algo parecido le he leído al propio Chesterton en algún lado, y éste no se lo inventó, sino que lo aprendió de un tipo que dijo e hizo unas cuantas cosas hará algo más de dos mil años.

Bien, puede que llegues a pensar que el párrafo anterior sobra de todas todas, pero eso es porque no has leído El poeta y los lunáticos. No me considero un poeta y tampoco un lunático -normalmente-, pero eso no quita para que de vez en cuando me comporte como cualquiera de los locos que aparecen en este libro, empezando por el protagonista: Gabriel Gale, poeta y pintor para los amigos. Un verdadero personaje en el sentido más amplio de la palabra que además cuenta con un verdadero don: es capaz de captar la importancia de los detalles más pequeños.

¿Y esto de qué le sirve? Bueno, esta habilidad no tendría demasiada importancia si no fuera porque gracias a ella es capaz de entenderse con los locos. Y me volverás a decir, ¿y esto para qué sirve? Pues sin ir más lejos para resolver un crimen o anticiparse a un delito; todo ello como consecuencia de unos planteamientos y deducciones aparentemente carentes de toda lógica pero que sin embargo resultan clarividentes (en contraposición con la supuesta cordura de los demás personajes del cartel, todos hombres de ciencia o de leyes).

Precisamente en este sentido Chesterton nos lleva a mirar a nuestro alrededor y a reconocer que en realidad la verdadera locura está en creerse sensato. Esta es la salsa de la historia y lleva indefectiblemente el sello del escritor inglés. De hecho, ya en el último relato le dice Gabriel Gale al doctor que quiere meterlo en un manicomio:
"Es usted capaz de encontrar anormal cualquier cosa, precisamente porque no es usted normal"

Cuánto tiene que ver este diagnóstico con nuestro mundo de hoy, ¿verdad? Asimismo, y como es habitual en todo lo que he leído de él, el autor aprovecha cualquier circunstancia para acerar su pluma y hacer crítica a políticos e intelectuales de su tiempo. Si has leído El hombre que fue jueves me entenderás perfectamente, pero si no es así te basta con saber que la historia entera está inundada de humor del de verdad.

Y si te piensas que en un libro como este no puede haber espacio para el romanticismo te equivocas por completo. Al fin y al cabo, ¿no consiste el amor en ponerse cabeza abajo y subirse a lo más alto de la locura?

"Agitaba los brazos como débiles ramas batidas por el viento; unos brazos que ahora parecieron a Diana inusitadamente largos. [...] En realidad había estado haciendo el pino, apoyado sobre la cabeza, o mejor dicho, sobre sus manos.
- Perdóneme -se excusó cuando la joven dama llegó a su altura-; suelo hacerlo porque es muy útil para un paisajista buscar perspectivas nuevas, ver el paisaje al revés, con la cabeza a la altura del suelo... Así contempla uno las cosas como son en realidad. [...] En realidad son los que tienen los pies en el suelo los que andan con la cabeza en las nubes".

Quizás haya más lucidez en la locura. Y quizás, sólo quizás, este libro merezca la pena.




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