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domingo, 5 de julio de 2015

Más ahora que antes (Guerra y Paz)


Me resulta un poco difícil hablar de un libro de más de 1000 páginas, aunque pueda parecer contradictorio. Si el libro es un clásico como Guerra y Paz y el autor es un hombre como Lev Nikoláievich Tolstói la tarea se me hace aún más complicada. De modo que aun a riesgo de que dejes de leer a continuación, lo que voy a hacer va a ser dejarte posiblemente mi pasaje favorito. Porque, como Andrei, yo ando moribundo en cama, y si Natasha apareciera en este momento mi dicha no sería comparable a la suya. Sería mayor.




«Sí - pensaba acostado en la isba, casi a oscuras y mirando ante sí con ojos febriles y muy abiertos , se me ha revelado una dicha nueva: la que se encuentra fuera de las fuerzas físicas, de las influencias externas; la dicha del alma, la dicha del amor. Pero ¿cómo presenta Dios esta ley? ¿Por qué el hijo...?»

De súbito se interrumpió el curso de sus reflexiones, y el Príncipe aguzó el oído... Ignoraba si era delirio o realidad, pero oía el murmullo de una voz que repetía sin cesar, con una entonación muy dulce: «Beber..., beber... eer... eer...» Y otra vez: «Beber..., beber... eer... eer...» [...] A la roja luz de la bujía, veía las cucarachas, oía el zumbido del moscardón que revoloteaba cerca de la almohada, sobre su cabeza. Al propio tiempo le maravillaba que no echara abajo con sus alas el edificio erigido sobre su frente. Un objeto blanco colocado cerca de la puerta le asfixiaba con su aspecto de esfinge.

«Debe de ser mi camisa que alguien ha dejado sobre la mesa   pensó  . Éstas son mis piernas, aquélla es la puerta, pero ¿por qué tiene que desaparecer todo eso? Beber..., beber..., beber..., beber... ¡Oh, basta, por el amor de Dios! », suplicó sin saber a quién.

De improviso, las ideas y los sentimientos renacieron en él con una claridad, con una intensidad sorprendente.

«Sí, el amor  - pensó -, pero no ese amor que se siente por cualquier cosa, sino el que sentí por vez primera cuando vi y amé a un enemigo moribundo. Yo he experimentado ese amor, que es esencia misma del alma y que no necesita objetivos. Ahora mismo tengo una sensación de beatitud: deseo amar al prójimo, a los enemigos; deseo amarlo todo, amar a Dios en todas sus manifestaciones. Se puede amar con amor humano a una persona querida; sólo a un enemigo se le puede amar con un amor divino. Por eso experimenté tanta dicha cuando me di cuenta de que amaba a aquel hombre. ¿Qué habrá sido de él? ¿Vivirá todavía?»

«El amor humano puede convertirse en odio, el amor divino no puede modificarse: nada, ni siquiera la muerte, es capaz de destruirlo. Es el sentido del alma. He aborrecido a muchas personas en la vida, pero a nadie he aborrecido tanto ni he amado tanto como a ella

Y recordó vívidamente a Natasha, pero no se imaginó solamente sus encantos como otras veces, sino que pensó en su alma por vez primera. Comprendía ahora sus sentimientos, sus sufrimientos, su vergüenza, su arrepentimiento. Por primera vez se dio cuenta de toda la crueldad de su ruptura con ella. ¡Ah, si pudiera verla una sola vez! Mirarla a la cara y decirle: «Beber..., beber..., be¬ber..., beber...»

La mosca cayó. De repente le llamó la atención algo extraordinario que sucedía en aquel mundo mezcla de delirio y de realidad en que se hallaba.

En él se reconstruían incesantemente edificios que no habían sido destruidos... Algo se alargaba...; la bujía ardía rodeada de su círculo rojo... Cerca de la puerta seguía viéndose la camisa esfinge. De pronto algo chirrió, y entonces penetró en la isba un vientecillo fresco, y una nueva esfinge blanca apareció en el umbral. Esta nueva esfinge tenía un rostro pálido, blanco y unos ojos brillantes parecidos a los de aquella Natasha en quien Andrei estaba pensando.

«¡Este delirio es terrible!, se dijo tratando de alejar aquel rostro de su imaginación. Pero el rostro estaba ante él con toda la fuerza de la realidad y se le acercaba. El príncipe Andrei quería volver al mundo del pensamiento puro, pero no podía: el delirio le arrastraba a sus dominios. La voz dulce continuaba sus murmullos... El Príncipe reunió todas sus fuerzas para resistir. Al hacer un movimiento, sus oídos se llenaron de pronto de sonidos, sus ojos se oscurecieron y, como hombre que cae al fondo del agua, perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, Natasha, la misma Natasha, viva, a la que quería amar con el amor puro, divino, que acababa de revelársele, se encontraba arrodillada junto a su lecho.

Comprendió en seguida que era una Natasha viva, pero, en vez de sorprenderse, experimentó una dicha muy dulce.

Natasha, de rodillas aún (no podía moverse), le miraba asustada, reteniendo los sollozos. Su pálido semblante permanecía inmóvil; sólo su labio inferior temblaba.
El príncipe Andrei suspiró y le tendió la mano sonriendo.
 - ¡Usted! ¡Qué felicidad!   exclamó.
Natasha se acercó más al herido, andando de rodillas, le cogió con suavidad una mano, se inclinó y la rozó con los labios.
 - Perdón - dijo luego levantando la cabeza y mirándole -. Perdóneme.
 - ¡La amo! - repuso el Príncipe.
 - Perdóneme...
 - ¿De qué?
 - Siento... el mal que... le hice... - profirió Natasha con voz entrecortada y apenas perceptible.
Y, sólo rozándola con los labios, volvió a besar repetidas veces la mano del príncipe Andrei.

 - Te amo más ahora que antes - dijo él levantando la cabeza para mirarla de frente. Tenía los ojos llenos de lágrimas de alegría. La mirada de ella le llenaba de dicha y de compasión. El pálido y delgado rostro de Natasha, sus labios hinchados, la afeaban horriblemente, pero el Príncipe no veía aquella cara; no veía más que los ojos brillantes, hermosos...


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