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domingo, 1 de mayo de 2016

La alegría perfecta

A sugerencia de mi querido lector Bartek hoy he querido vencerme a mí mismo para traerte una de las Florecillas de san Francisco. "¿San Francisco? ¿Florecillas? ¿Qué es esa cursilada?", puede que te estés preguntando. Pues bien, estas no son más que un compendio de episodios de la vida del santo del que el Papa ha tomado el nombre. Y se llaman Florecillas según la costumbre medieval que llamaba Floretum a la selección de los mejores pasajes de una obra. Fácil, ¿no?

El hombre de vida interior [...] encuentra algo que, para él, es más importante: las Florecillas son, para el cristiano, el testimonio de la gran fe que Jesucristo exigía de sus discípulos y que tuvo en San Francisco a uno de sus más eficaces paladines. [...] nos dicen qué es esa vida a la que San Francisco exhortaba a sus hijos, es decir, la observancia del Evangelio según la letra, o sea, la esencia misma del Cristianismo: el amor.

Hecha la introducción de rigor, hoy quiero compartir contigo concretamente el capítulo VIII: "Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta". La alegría. Pero no cualquiera, la alegría perfecta. Me suena que tenía que ver con algún secreto importante, pero mientras me acuerdo te dejo con este maravilloso texto y si quieres nos encontramos en los comentarios.

Capítulo VIII 
Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta 
Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Angeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así: 
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta. 
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez: 
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta. 
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza: 
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta. 
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte: 
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta. 
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte: 
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta. 
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó: 
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta. 
Y San Francisco le respondió: 
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14). 

Y para terminar, una canción en italiano basada en este relato:



Fuentes: 


6 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena por la entrada! Qué alegría me da saber que Bartek sigue vivo en tierras madrileñas. Soy Francisco, de su comunidad de Murcia.
    En cuanto a lo que la florecilla se refiere, puede parecer moralista y pelagiana en extremo, sin embargo, nada más lejos de lejos de la realidad. Pues Vvencer a uno mismo es la victoria de Jesucristo Resucitado en nosotros, que destruye al hombre viejo que en todos nosotros vive. Enhorabuena por el blog; seguimos en contacto... Un saludo

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu comentario, Francisco, y también por ser el instigador de la idea que a través de Bartek ha dado forma a esta entrada.

      En cuanto a lo del pelagianismo a mí no me lo ha parecido, pues ya el mismo san Francisco en la conclusión revela que el don de vencerse a sí mismo -lo muestra como don, no como algo nacido del esfuerzo personal- es una gracia que concede Cristo a sus amigos. Es sobre todo una victoria suya, como bien dices ;)

      ¡Un saludo!

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    2. Pues la verdad es que ahora que vuelvo a releer el relato, me he dado cuenta de lo ambigua que puede parecer a primera vista la conclusión del último párrafo.

      Lo que dice san Francisco es que la única gracia divina de la que podemos gloriarnos es la de vencerse a sí mismo, la de cargar gustosamente con la cruz de uno. Por esa misma razón es también la gracia más importante. ¿Pero por qué, si es un don de Dios como todas las gracias? ¿En qué se diferencia de otros dones?
      Por el contrario, la cita de la carta a los corintios recuerda un poco la doctrina protestante, pues parece negar que el mérito de las buenas obras sea también en parte del hombre que acepta la gracia divina.

      En fin, lo veo un poco contradictorio. Sería de agradecer si algún docto pudiera iluminar mi ignorancia... Gracias :)

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    3. Bueno, ha pasado algún tiempo así que tendrás que conformarte con la respuesta de un no docto ;)

      Lo que yo entiendo en el último párrafo es que de los dones de Dios (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) no podemos gloriarnos porque vienen de Él, y en ese sentido hay que comprender la cita de los corintios. Sin embargo, según san Pablo sí que podemos gloriarnos en el hecho de sobrellevar la cruz de Cristo, porque esa cruz es nuestra.

      "Las virtudes adquiridas no dependen de la fe. Una persona con el uso de la razón y con su esfuerzo natural puede llegar a ser virtuosa. Pero por la fe nos abrimos a la gracia que perfecciona las virtudes, capacitando la acción sobrenatural, el bien mas perfecto".

      No sé si he clarificado algo, seguimos esperando a los doctos ;)

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  2. Sí, sigo vivo y además no me va nada mal jajajaj

    Bueno, en primer lugar hay que reconocer que la idea originaria de esta entrada es de Fran Almagro. Gracias a él conocí las Florecillas... y también el cántico de las criaturas de san Francisco (también muy recomendable la adaptación de Angelo Branduardi, por cierto) que es lo que mejor resume el espíritu de las Florecilas, en mi opinión. Ese espíritu de alabanza, amor, gratitud hacia Dios...

    ¡Un abrazo para los dos! Y muchas gracias, Jose, por haberme hecho caso ;)

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    Respuestas
    1. Gracias a ti Bartek, es un regalo que mis queridos lectores me sugieran sobre qué escribir, porque aunque no lo creas a veces se me acaban las ideas jajaja

      ¡Un saludo!

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